
Mientras el tirano se apercibe al combate, preséntasele un día Ismeno solo, que puede levantar de los sepulcros los restos inanimados y volverles la sensación y la vida; Ismeno, cuyos tétricos acentos hacen temblar en su rostro al rey de los Infiernos; Ismeno, que manda á los demonios, les hace servir como esclavos de sus negros designios, y á su arbitrio los desata ó los encadena.
Este adorador de Mahoma fue cristiano un tiempo, y todavía no puede abandonar el antiguo culto; de suerte que con frecuencia, impío y sacrílego, profana sus ritos, confundiendo dos leyes que nunca ha comprendido. Hoy, desde la tenebrosa morada donde ejercita su ciencia secreta, á la noticia del peligro común viene á ofrecer á un rey malvado un consejero aun más siniestro.
«Príncipe, le dice, ese ejército vencedor, ese temido ejército va á caer sobre ti. Pero cumplamos nuestro deber. El cielo, el universo auxiliará nuestro valor. Tu discreción lo ha previsto todo; has cumplido como rey, como capitán, y esta tierra será la tumba de tus enemigos si todos somos dignos de ti.
«Yo te ofrezco lo que puedo: vengo á participar de tus trabajos y peligros, y te prometo los consejos de una vejez experta, con todos los recursos de mi arte, que son inmensos: yo obligaré al mismo Infierno á lidiar por tí; pero oye ¡oh príncipe! los secretos que voy á revelarte.
«En el templo de los cristianos, en el fondo de un subterráneo desconocido, elévase un atar en que se halla la imágen de aquella que este pueblo imbécil venera como á una diosa, como á la madre de un Dios muerto y sepultado: delante de ella arde una lámpara siempre encendida; cúbrela un costoso velo, y en torno penden numerosas ofrendas que le consagran los crédulos devotos.
«Es preciso que tú mismo con tu propia mano arranques aquella imágen del templo y la coloques en tu mezquita: yo usaré de encantos tan poderosos, que ella será para nuestros muros una guardia fiel y segura: sí, será en tus inexpugnables murallas la prenda de la victoria y la garantía de tu imperio.»
Dice, y le persuade. El tirano impaciente vuela al acilo de los cristianos, aparta á los sacerdotes y con sacrílega mano arrebata la imágen y la lleva al templo donde se ofende al cielo con un culto culpable y desatentado. En aquel lugar profano el encantador murmura sordamente sus blasfemias sobre la imagen.
Pero al volver la aurora, el guardian de aquel templo impío busca con sus primeras miradas el precioso depósito, y lo busca en vano. Corre á dar parte al Rey, el cual ardiendo en ira exclama: «De seguro, una mano desconocida la ha robado, y no puede ser más que la mano de un cristiano.»
¿Fué en efecto obra furtiva de una mano fiel, ó indígnado el cielo de que un lugar impuro encerrara la imágen de su Reina, de la madre de Dios, manifestó su poder? Duda la fama de si fué destreza o milagro. Pero sin duda hubiera sido impotente el celo de los humanos, y la piedad cree que aquello fué un milagro del Cielo.
Al punto se llenan de satélites los templos y las casas de los cristianos, y con ojos ávidos y curiosos registran los más ocultos rincones, incitando á los delatores con recompenzas y atemorizando con tremendas amenazas á los que encubran el robo ó al delincuente. El encantador consulta su arte, apela á todos sus recursos: ¡vanas indagaciones, inútiles sortilegios! El Cielo burla sus afanes y le oculta la verdad.
El bárbaro Aladino, prevenido siempre contra los cristianos, avergonzado de no poderles convencer, se entrega á todo su ódio: encendido de ira, poseido de frenética rabia, quiere vengarse y á toda costa satisfacer su saña. «Perecerá, dice, sí, perecerá el culpable desconocido en el exterminio de toda su secta.
«Con tal que muera el culpable, parezca el justo y el inocente. ¡El justo! ¡el inocente! Todos son culpables; ninguno de ellos fué nunca amigo de nuestro nombre; y si hay alguno que no sea cómplice de ese nuevo crímen, otro crímen antiguo le hace digno de la muerte. ¡Sús! fieles súbditos ¡sús! tomad el fuego y el hierro. ¡Quemad, matad!»
Así habló el tirano, y sus bárbaras órdenes, en breve notorias, siembran el terror entre los cristianos que consternados, abatidos, viendo ante sí la muerte, no se atreven á huir ni á defenderse; no intentan disculparse ni recurrir á la súplica: medrosos y perplejos, se abandonan. Pero de súbito hallan su salvacion donde menos la esperaban.
Encuéntrase entre ellos una vírgen de alma elevada y corazón digno de una corona. Hermosa, pero desdeñando su belleza, ó no estimando en ella sino lo que realza su virtud, su mayor mérito consiste en ocultar su mérito tras las paredes de una humilde morada, donde sola y desconocida se sustrae á la vista, á las alabanzas y á los obsequios de los mortales.
No hay empero barrera que á ocultar alcance una beldad digna de ser vista y admirada. Amor, tú no lo permitiste; tú revelaste su retiro á los deseos de un jóven abrasado por tu llama. Amor, ora ciego, caminas con la venda en los ojos; ora Argos, nada se escapa á tu vista: al través de mil vallas, en el fondo del asilo más misterioso, tú le muestras el objeto de su adoracion.
Sofronia y Olindo, nacidos en una misma ciudad, creen en un mismo Dios. Olindo, amante tan modesto como Sofronia hermosa, desea mucho, espera poco y nada pide: no sabe ó no se atreve á descubrir su pasion. Sofronia por su parte no lo ve, ó no distingue su llama amorosa, ó la desdeña. Así la ha amado hasta ahora el mísero Olindo, desapercibido, ó mal conocido, ó despreciado.
En tanto el decreto del tirano y la desventura de los cristianos van á turbar el sosiego en el asilo de Sofronia: á tal nueva su alma generosa concibe una grande idea; quiere salvar a sus hermanos; el valor la impele, el recato la detiene; por fin triunfa el valor, ó más bien el recato se junta dichosamente con la audacia.
Sola en medio de la multitud, adelántase la jóven beldad, sin ocultar ni hacer alarde de sus encantos; bajos los ojos, cubierta la cabeza con un velo, camina con aire modesto y seguro, no acertándose á descubrir si está ó no ataviada, ó si es al arte ó á la casualidad á quien debe su brillante gentiliza. Esa feliz negligencia es obra de la naturaleza, del amor y del cielo que la favorece.
Objeto de todas las miradas, no se digna mirar á nadie: preséntase al tirano, y lejos de asustarse al notar la ira que le enciende, intrépida arrostra su feroz aspecto. «Suspende, le dice, tu venganza y contén á tu pueblo. Yo vengo á descubrir al culpable que te ha ofendido, vengo á poner en tus manos la víctima que pide tu cólera.»
A tan noble osadía, al esplendor inesperado de aquella beldad altiva é imponente, Aladino, casi confuso y subyugado, reprime el enojo y suaviza sus siniestras miradas: á ser menos duro su corazón, y menos severa Sofrania, él hubiera sido su amante; pero una beldad austera no cautiva un corazón sin deseos; y la esperanza es el primer pábulo del amor.
Si no sintió amor el bárbaro, á lo menos experimentó sorpresa, curiosidad, placer. «Habla, dijo; prohibo que se atente á la vida de los cristianos.—El culpable, señor, está en tu presencia; ese hurto lo ha cometido mi mano; yo soy quien ha robado la imágen, yo soy á quien buscas, á quien debes castigar.»
Así sacrifica su existencia la jóven heroína por el peligro común, y quiere atraerlo por entero sobre su cabeza. ¡Generosa mentira! ¡Cuándo tuvo la verdad más derechos á nuestros homenajes! El tirano titubea suspenso, y por primera vez tarda en airarse. «Quiero que me descubras, dice, quién te dio tal consejo y quién ha sido tu cómplice.
«—No asocies á nadie á una gloria que me pertenece entera. Yo sola fuí mi consejero, yo sola mi cómplice; yo sola lo hice todo.—Pues sobre tí sola caerá mi cólera y mi venganza.—Justa es la sentencia: el honor es solo mio, yo sola debo ser castigada.»
La ira del tirano se enciende. «¿Dónde escondiste la imágen?—No la escondí, la arroje al fuego, y tuve que hacerlo para librarla de las profanaciones y ultrajes de la impiedad. Señor, ¿buscas á la culpable, ó á la imágen robada? La imágen no la verás jamás: la culpable ya la ves.
«He dicho la culpable; no, no lo soy: pude recobrar el tesoro que tu injusticia nos había arrebatado.» A estas palabras tiembla el tirano con ademan amenazador, y su cólera se desenfrena. Virtuosa Sofrania, tu hermosura, tu recato, tu denuedo, nada podra aplacarle: en vano el amor para defenderla de su saña la escuda con sus hechizos.
La prenden, y el bárbaro la condena á la hoguera. Ya le quitan el velo y el casto vestido, y crueles ataduras aprietan sus manos delicadas: ella no despliega el lábio; no se abate su ánimo, pero su corazon está afectado, poniéndosele el agraciado rostro de un color que no es palidez, sino blancura.
La fatal aventura se divulga por un momento por la ciudad: todo el pueblo acude, y también Olindo. Cierto es el hecho; la heroína es aun desconocida: tal vez ¡ay! será su amada. Llega, la ve con la inocencia en la frente, pero ya sentenciada, ya entregada á los ministros del tirano, que se afanan por apresurar el suplicio, y se arroja, se precipita entre la muchedumbre.
«No es ella, señor, exclama; no es ella la culpable; su locura le hace preciarse de serlo. Nunca pensó en tal cosa; nunca se atrevió á tanto. Una mujer sola y sin experiencia no ha podido ejecutar una acción tan arriesgada. ¿Cómo engañó a los guardas? ¿Con qué ardid robó la imágen venerada? Si lo hizo, dígalo. Soy yo, quien la ha robado.»
«Por donde tu soberbia mezquita recibe el aire y la luz, añadió luego subí de noche, y por inaccesibles caminos abríme un angosto paso: á mí me corresponde el honor, á mí la muerte. Nadie usurpe mi suplicio: mias son esas cadenas, para mí se apareja esa hoguera.»
Alza Sofronia los ojos, y dirige á Olindo una mirada llena de ternura y compasión. «¿Qué pretendes, desdichado inocente? ¿Qué designio ó qué furor te guia ó te arrastra? ¿Acaso no soy capaz sin tí de sobrellevar todo lo que puede la ira de un mortal? Tengo un corazon que sabrá arrostrar él solo la muerte, y no necesita compañero que la comparta.»
Así habla á su amante, pero no puede doblegar su valor ni mudar su propósito. ¡Oh espectáculo heróico, en el cual la virtud más generosa lucha con el amor más tierno, en el cual la muerte es el premio del vencedor, en el cual la vida será la pena del vencido! Al ver que ambos persisten en acusarse uno á otro, el tirano se enfurece más y más.
Considérase humillado por su valor, pareciéndole que el desprecio con que miran el suplicio es un ultraje para él. «Yo creo á los dos, dice; ambos alcanzarán la victoria y la palma que solicitan.» Los verdugos, dóciles á sus órdenes, cargan á Olindo de cadenas, y atan á los dos amantes á un mismo palo; pero sujetos espada con espalda, no pueden verse uno á otro.
Levántase la hoguera en derredor de ellos; ya chisporrotea la llama, y el desventurado Olindo dirige á su compañera de suplicio estas tiernas quejas, que interrumpe con suspiros: «¿Son estos los lazos con que yo esperaba unirme á ti por toda la vida? Es este el fuego que, segun yo creía, debiera inflamar nuestros corazones con igual ardor?
»Otras eran las llamas y otros los lazos que amor me habia prometido, y ¡hé aquí los que la impía suerte nos reservaba! Su injusticia ¡ay! nos separó durante la vida, y más cruel todavía, nos junta en la muerte. A lo menos, ya que has de morir de un modo tan funesto, tendré la dicha de compartir tu sepulcro, si no he podido compartir tu lecho. Duélome de tu desino ¡ay! no del mio, pues muero á tu lado.»
«¡Oh dichosísima muerte! ¡oh placentero suplicio! Si mis labios junto á los tuyos pudieran con mi postrer suspiro darte mi alma y recibir la tuya!» Así lloraba Olindo su infortunio. Y Sofronia respondió con dulzura:
«Este momento, amigo, pide otros pensamientos y otras lágrimas: acuérdate de tus culpas y del noble galardon que el Cielo á la virtud promete; ofrece á Dios tu suplicio y te será grato; aspira á la morada eterna, donde te espera la bienaventuranza; mira ese hermoso Cielo, mira ese Sol que nos llama y consuela.»
El pagano enternecido exhala exclamaciones de dolor; el fiel gime y suspira. Cierta impresión nueva y desconocida embarga el ánimo inflexible del tirano, que la siente, se indigna, y temiendo ceder a ella vuelve los ojos y se retira. Tú sola ¡oh Sofronia! no participas del duelo comun, y llorada de todos, tú sola no lloras.
Aparece entonces un guerrero de ademan imponente y altivo, cuyo traje y armadura denotan que procede de lejana tierra. En la cimera de su casco se ve una tigre que atrae todas las miradas, ilustre distintivo en que todos creen conocer á la guerrera Clorinda; y no se equivocaban
Desde sus más tiernos años despreció Clorinda los hábitos y ocupaciones femeniles: su mano soberbia no quiso rebajarse á las humildes labores de Aracnea, ni manejar la aguja y el huso; huyó de la molicie de la ciudades y de aquellos retiros, asilos de una virtud que se conserva hasta en el seno de la libertad; armóse de orgullo la frente y de aspereza el rostro; pero aunque austero, su rostro siempre agrada.
Niña todavía, su débil mano aprendió á domar un corcel; manejó la lanza y la espada; endureció sus miembros en la lucha, y desplegó su agilidad en la carrera; por selvas y montes siguió el rastro de los leones y de los osos. En las lides parecía una fiera, y en los bosques un cazador infatigable.
Desde el riñon de Persia viene á buscar y combatir á los cristianos, que ya conocen la fuerza de su brazo, pues más de una vez ha esparcido sus miembros por las llanuras y enrojecido las aguas con su sangre. Las primeras miradas de Clorinda descubren aquel aparato de muerte, y espoleando curiosa al caballo, corre á inquirir el delito de los desventurados reos.
Apártase la gente á su aspecto, y ella se acerca á la hoguera, observa el silencio de Sofronia, los gemidos de Olindo, y un valor más señalado en el sexo más débil. Pero las lágrimas de Olindo son de compasión; si gime, no es por sí. Sofronia, callada, con los ojos fijos en el Cielo, aun antes de morir ya no pertenece á la Tierra.
Clorinda se enternece: compadécese de los dos y llora por ellos; pero se interesa con más ardor por la que parece menos afligida, cuyo silencio la conmueve más que el llanto de su amante. «Por favor, dice á un anciano que está á su lado; por favor, dime quiénes son, y qué suerte ó qué delito les ha traido al suplicio.»
Dice, y en breves palabras satisface el anciano sus deseos. Sorprendida de su relacion conoce desde luego que ambos son inocentes. «No morirán, exclama: no morirán ó serán inútiles mis ruegos ó mis armas.» Vuela á la hoguera, hace apagar el fuego, y habla á los verdugos en estos términos:
«Ninguno de vosotros se atreverá á ejecutar su cruel oficio hasta que yo haya hablado á vuestro señor y dueño: yo os aseguro que no os reprenderá por vuestra tardanza.» Su continente y sus palabras les conmueven, y obedecen. Clorinda se adelanta hácia Aladin, que por su parte le sale al encuentro.
«Yo soy Clorinda. Quizás conoces mi nombre. Vengo á defender tus dominios y á luchar como tú por nuestra común creencia: manda, y estoy pronta á desafiar todos los peligros. Ni me arredran las más altas empresas, ni desprecio las fáciles. Tanto en el campo como dentro de tus murallas hallarás el auxilio de mi brazo.»
Dice, y Aladin responde: «Generosa heroína, ¿que region del Asia, por apartada que sea no está llena de tu nombradía y de tu gloria? Contando con el auxilio de tu espada, ningun temor abrigo ni desconfio de la victoria. No, aunque se juntara un ejército entero con mis fuerzas, no fuera mayor mi esperanza.
»Ya tarda Godofredo al ardor de mi impaciencia. Me pides que emplee tu brazo, pero solo las empresas grandes y árduas son dignas de tu esfuerzo: quiero que mis guerreros te obedezcan y que tus órdenes sean su ley.» Clorinda responde con modestia á tan lisonjeras palabras, y luego añade:
«Sin duda extrañarás, que te reclame el premio de servicios que aun no te he prestado; pero confiando en tu bondad, me atrevo á pedirte en recompensa la vida de esos desgraciados. Tu clemencia imploro; y sin embargo, si es incierto el delito, no debiera impetrar más que tu justicia. Pero no trato de disculparles, ni quiero alegar las numerosas pruebas que me demuestran su inocencia.
»Se pretende aquí que los cristianos robaron la imágen. Esa idea me repugna, y una razon poderosa justifica mi opinion. Lo que te aconsejó el encantador fué un crimen, un sacrilegio; que lo es para nosotros admitir ídolos en nuestros templos, y mucho más ídolos extrajeros.
»Me complazco en atribuir a Mahoma mismo la gloria de tal milagro. Sí, es obra de su poder. Mahoma destierra de su templo la profanacion, y nos prohíbe mancillar su culto con una mezcla impura. Use Ismeno de sus encantos, que sus armas son esas; pero nosotros los guerreros manejamos el acero: hé aquí nuestra ciencia y nuestra única esperanza.»
Dijo. El corazon insensible de Aladin resiste todavía á la piedad, pero cede á los deseos de Clorinda. La razon le persuade, y la autoridad de quien ruega le subyaga. «Les concedo, dice, la vida y la libertad. Sea justicia ó clemencia, si son inocentes, les absuelvo; si culpables, les perdono.»
Desatan sus cadenas. Pero ¡oh prodigio! el amor de Olindo ha inflamado un corazon insensible. Ya el amante es correspondido; en breve, feliz esposo, la llama de la hoguera se convierte para él en antorcha de himeneo. Queria morir con Sofronia, y esta, mudando generosamente de propósito, consiente que Olindo viva con ella.
Empero el receloso tirano teme por sus Estados la union de tanta virtud, y de órden suya van ambos á buscar lejos de Palestina un honroso destierro. El, entre tanto, siguiendo el consejo de su crueldad, aprisiona á muchos cristianos y proscribe á otros, que acongojados dejan llorando las caricias del amor, los tiernos hijos y los ancianos padres.
¡Cruel separacion! Aladin solo castiga á los que son temibles por su vigor y arrojo. Las mujeres, los niños, los ancianos, grey débil e indefensa, son en sus manos la prenda de la debilidad de esposos, padres é hijos. Muchos de estos desdichados vagan dispersos; otros toman las armas; y pudiendo en ellos más la indignacion que el temor, van á juntarse con el ejército que avanza; encontrándole ante los muros de Emaus.
Emaus es una ciudad poco distante de Jerusalem: un hombre que salga paseando por la mañana, llegará allí á la tarde. Oh! ¡cómo se alborozan al oir esto los cristianos! ¡Oh! ¡qué impaciencia incita y arrebata su valor! Pero el Sol ha recorrido más de la mitad de su carrera, y Godofredo desatiende el ardor que les anima.
Ya se armaban de órden suya las tiendas; ya el día iba á perderse en el Océano, cuando llegaron dos caballeros de traje desconocido y porte extranjero. Todo por su parte anunciaba la paz y la amistad. Eran embajadores del monarca egipcio, y trian un noble y lucido séquito.
Uno de ellos es Alete. Nacido en la hez del pueblo, sin abuelos y sin nombre, se ha levantado hasta el pié del trono. Elocuente, lisonjero, insinuante, flexible, mudando á cada instante de costumbres y de carácter, mezcla con destreza el artificio con el fingimiento, y forjador insigne de calumnias, acusa cuando al parecer alaba.
El otro es Argante el circasiano: aventurero desconocido en la corte de Egipto, ascendió á sátrapa, y su valor le ha valido los primeros honores de la guerra: impaciente, inexorable, feroz, incansable, invencible en la pela, desprecia á todos los dioses, y su espada es su razon y su ley.
Piden audiencia, y son admitidos ante el glorioso Godofredo, que con aire y traje sencillos, está sentado en medio de los jefes del ejército: es que el verdadero valor resplandece con su propio brillo, y no necesita adornos extraños. Mírale Argante con la indiferencia de la grandeza, y apenas le saluda.
Pero Alete, puesta la mano sobre el pecho y con los ojos bajos, hace una profunda reverencia y le tributa los respetos que los egipcios rinden á sus señores. Brota de su labio una elocuencia más dulce que la miel, y los cristianos, que habían aprendido ya la lengua de Siria, pudieron entender su discurso.
«Generoso guerrero, dice, único digno de mandar á tantos héroes famosos, que deben á tu valor y prudencia los Estados que conquistaron y los laureles que recogieron aun antes de estar reunidos á tus órdenes: tu gloria no termina en las columnas de Hércules; ya ha resonado entre nosotros, y la fama ha llenado el Egipto con la relacion de tus proezas.
»Pero esas maravillas que nos pasman, causan á nuestro soberano más satisfaccion que sorpresa. Complácese en referirlas, y aprecia en tí lo que á otros inspira envidia y temores. Estima tu valor, y aunque os divida la creencia, quiere á lo menos estar unido á tí por el afecto.
»Llevado de ese noble deseo, te pide la paz y tu amistad. El lazo que nos unirá á ambos será la virtud, si la religion no puede serlo. Pero enterado de que has tomado las armas para destronar á su aliado y amigo, antes que de los primeros golpes ha querido descubrirte por nuestro conducto el secreto de su alma.
»Si contento con las conquistas que has hecho consientes en dejar en paz á Palestina y los dominios que están al amparo de su cetro, él por su parte te ofrece sostener tu poder todavía vacilante. Unidos los dos, ¿qué fuerza osará atacaros? ¿Cuándo podrán el Turco y el Persa esperar la reparacion de sus desastres?
»Seños, las grandes cosas que has hecho en poco tiempo asombrarán á los siglos más remotos. Se ponderarán los ejércitos vencidos, las ciudades destruidas, los obstáculos superados, tantos caminos incógnitos abiertos á tu valor, y las provincias más lejanas abatidas y consternadas al rumor de tu marcha. Despues de tantas hazañas, podrás tal vez dilatar tus Estados, pero en vano esperarias alcanzar nueva gloria.
»Al colmo llegó la tuya, y no debes exponerla á los azares de una guerra incierta. Saliendo vencedor, aumentarás tus posesiones sin acrecentar tu gloria, y vencido, perderás tus Estados y hasta el honor. Imprudente audacia seria darlo todo al capricho de la fortuna, cuando la fortuna ya no puede hacer casi nada por tí.
»Tal vez enemigos secretos, envidiosos de tu grandeza y poder, alimentarán con sus consejos el ardor que te impulsa; tal vez lisonjeado por la esperanza de vencer todavía, porque has vencido siempre, y subyugado por el ardiente deseo, tan poderoso en la almas grandes, de mandar á naciones tributarias y avasalladas, huirás de la paz más que otros huyen de la guerra.
»Te dirán que es preciso seguir la ancha senda que te ha abierto el destino, y que no debes dejar esa famosa espada que te asegura la victoria, hasta que caiga Mahoma con su culto, hasta que hayas trocado el Asia en vasto desierto Gratas lisonjas, hermosas ilusiones que quizá te conducirán á tu ruina.
»Pero si el ódio no te ciega, si no apaga la luz de tu razon, verás que en la guerra nada tienes que esperar y mucho que temer; que la fortuna inconstante y voluble reparte sucesivamente los triunfos y los reveses; y que frecuentemente del vuelo más rápido elevado se cae en el más horroroso principio.
»Dime: si el opulento, el poderoso y temible Egipto se levanta en armas contra tí; si el turco, el persa y el hijo de Casano se juntan para combatirte, ¿qué diques opondrás á tan furioso torrente? ¿Dónde encontrarás socorro en tus peligros? ¿Acaso confias en el griego malvado y en la fé que te juró?
»¡La fé del griego! ¡Ah! ¡quién no la conoce! Engañado ya una vez, ó más bien engañado mil veces por aquella nacion avara y pérfida, aprende á temerla: ella te negó el paso: ¿crees que te dará su sangre y su vida, habiéndote cerrado los caminos que son comunes a todos?
»Tal vez tu esperana se funda en las tropas que te rodean; tal vez te prometes vencer unidos á los que venciste separados; pero ya has visto que la guerra y las enfermedades han arrebatado una parte de tus soldados, y otro enemigo, el egipcio, se juntan con los turcos y los persas que has derrotado.
«¡El destino te prometió que serias invencible, y tú mismo lo has leido en los decretos del Cielo! Yo quiero creerlo contigo; pero si el hambre te acomete, ¿qué refugio, qué asilo te resguardará de ese azote? ¿Te armarás contra ella con tu lanza y tu espada, y soñarás también con la victoria?
»El fuego lo ha devorado todo; una discreta prevision lo ha destruido todo antes de tu llegada, y todas las producciones de la tierra han sido encerradas en la ciudad y en sus altas torres. Tú, á quien la audacia ha conducido hasta aquí, ¿dónde encontrarás víveres para tus soldados y forraje para tus caballos? Dirás que te los dará la flota: así pues, tu subsistencia depende de los vientos.
»¿Rige tu fortuna los vientos, y los ata y desata á su arbitrio? ¿Por ventura el mar, sordo a nuestros ruegos y lamentos, se rinde tan solo á tu voluntad? ¿Tal vez te figuras que Egipto, Persia y Turquía conjurados no podran oponer nunca á tu flota otra flota tan formidable?
»Se necesita, Señor, una doble victoria para asegurar el ejército de tu empresa: una sola pérdida puede acarrear tu ruina y tu ignominia. Batida tu flota, te entrega á todos los horrores del hambre, y derrotado tú, en vano habrán vencido tus naves.
»Si á pesar de tan poderosos motivos rechazas todavía la paz que te propone el poderoso rey de Egipto, Señor, perdona mi franqueza; creo en tus virtudes pero no en tu prudencia. ¡Dígnese el Cielo inspirarte y fijarte en consejos de paz! ¡Así vuelvas por el fin el sosiego al Asia, y así goces tras tantos combates del fruto de tus victorias!
»Y vosotros, compañeros de sus trabajos y sus conquistas, ilustres guerreros no vayais engañados por los favores de la voltaria fortuna á lanzaros á nuevas guerras y armar contra vosotros nuestros enemigos. Como el piloto que se libra de los riesgos de un mar traidor, descansad por fin en el puerto, y no os abandoneis á merced de las olas.»
Calla Alete. Los héroes responden al discurso con murmullos, manifestando su indignacion en su semblante y ademanes. Obsérvales Godofredo con atentos ojos, y seguro de su aprobacion, volviéndolos á Alete le habla de esta manera:
«Ministro del Rey de Egipto, has juntado con habilidad la lisonja con las amenazas. Si tu rey me aprecia, si alaba nuestras proezas, yo sabré corresponder á sus sentimientos. En cuanto á la liga que me anuncias, hablaré libremente y con mi habitual franqueza.
»Has de saber que no hemos arrostrado los peligros de la tierra y del mar, y la inclemencia de las estaciones, son para abrirnos paso hasta los muros de la ciudad santa, para libertarla del triste cautiverio en que gime. Aspirando á ese noble fin, ansioso de merecer el favor de Dios que nos guia, no tememos exponer una vana gloria, nuestros Estados y nuestra vida.
»Ni la avara sed de oro ni la ambición de conquistas han formado esta empresa. ¡Extirpe el Cielo de nuestros corazones tan funesta ponzoña, y no permita que su impuro germen corrompa nuestros sentimientos y ahogue nuestras virtudes! ¡Condúzcanos siempre su mano que penetra, ablanda, enardece y abraza los corazones!
»Ella es la que ha guiado nuestros pasos entre peligros mil, ella la que ha removido ante nosotros todos los obstáculos, la que allana los montes y seca los ríos, la que despoja al verano de sus calores y al invierno de sus hielos, calma las olas alborotadas y encadena y desata los vientos: para nosotros bate y derriba las murallas; para nosotros destroza y dispersa los ejércitos.
»De ella nace nuestro arrojo, de ella nuestra esperanza; no de nuestras frágiles fuerzas, no de nuestras flotas, no de cuantos soldados sustenta Grecia ni de cuantos guerreros encierra Europa. Con tal de que jamás nos abandone, no hemos de tener que nos falten ayuda y apoyo. Quien sabe cómo ella defiende y cómo hiere, no busca otro auxilio en sus peligros.
»Pero aunque nuestros errores ó sus impenetrables juicios nos privasen de su apoyo, ¡oh! ¿quién de nosotros no se daria por dichoso encontrando su sepulcro cerca del sepulcro de un Dios? Moriremos, y no envidiaremos á los que nos sobrevivan; moriremos, pero no sin venganza. No escarnecerá el Asia nuestra desdicha, ni lloraremos nuestra muerte.
»No creas empero que ansiosos de combates esquivemos ó temamos la paz: no desdeñamos la amistad de tu Rey ni rehusamos su alianza; pero si la Judea no está sujeta á su imperio, ¿por qué es tambien objeto de su ciudadano? No nos impida conquistar reinos extranjeros, y tranquilo en sus dominios limítese á gobernarlos.»
Dice, y su respuesta llena de despecho y coraje el corazon de Argante, el cual, no pudiendo reprimirlos, se acerca á Godofredo con centellantes ojos. «No quieres la paz, exclama, tendrás la guerra; tú la deseas, pues te niegas a las condiciones que te propone nuestro soberano.»
Coge a falda de su vestidura, forma un pliegue, y en tono más insinuante y fiero dice: «¡Oh tú que desprecias los mayores peligros! Yo te traigo en este pliegue la paz ó la guerra; elije, pero al instante.»
A tales palabras, á tan ultrajante acción, levántanse los héroes cristianos, y sin esperar la opinión de Godofredo exclaman: ¡La guerra, la guerra! El bárbaro despliega la vestidura y la sacude. «Yo os la declaro, dice, y os la declaro á muerte.» Su temible arrogancia le asemejaba á un hijo de Roma abriendo el templo de Jano.
Parece que de su pecho sale el Furor insensato y la Discordia impía, y que la tea de las furias le enciende los ojos. Tal era sin duda el soberbio que alzó contra el Cielo la torre de error y confusión, y en actitud semejante le vió Babel erguir la altiva cabeza y amenazar á las estrellas.
«Aceptamos, dice Godofredo, la guerra que nos declarais; decid a vuestro señor que venga, que se apresure, ó que á lo menos nos aguarde á las orillas del Nilo. »En seguida les despide con afabilidad, les obsequia con honrosos presentes, regalando á Alete un precioso yelmo cogido en la conquista de Nicea.
Argante recibe una espada con puño de oro guarnecido de pedrería, en el cual brilla más que la materia el primor del artífice. El bárbaro mira con ojos distraídos la riqueza y los adornos, y dice á Bullon: «Luego verás el uso que hago de tus regalos.»
En seguida se despide, diciendo á su compañero: «Saparémonos: yo entraré de noche en Jerusalem, y tú al salir el Sol tomarás el camino de Egipto. Mi presencia ó mis cartas son inútiles en la corte. Lleva á nuestro dueño la respuesta de los cristianos, que yo no puedo abandonar el teatro de la guerra.»
Así de embajador se convierte en enemigo: si su proceder es regular ó impertinente, si quebranta ó no el uso antiguo y el derecho de las naciones, ni lo piensa ni se cura de ello. Sin esperar la respuesta Alete, encamínase impaciente á favor del silencio y de la luz de las estrellas hácia los altos muros de Jerusalem, y deja á su compañero no menos impaciente.
La noche cubria el universo con su negro manto, y reinaba la calma en los aires y en las olas. Los animales cansados, los moradores de los lagos y de los mares, los fieros huéspedes de las cuevas y de los bosques, las aves, todos los seres, entregados á un dulce sueño en los secretos horrores de la oscuridad y del silencio, olvidaban sus trabajos, sus placeres y sus penas.
Pero los cristianos y su general no cierran los párpados ni gozan del descanso. Su impaciencia espera la vuelta de la aurora, que ha de alumbrar su camino y conducirles á su término; y con ojos inquietos y atentos examinan el Cielo, ganosos de sorprender los primeros albores que vengan á disipar las sombras.
*Éste es copia fiel de dicha edición. Espero a alguien le sirva mi aporte, e igual, cause curiosidad para leer el poema completo.

