La naturaleza es un templo con pilares vivientes
que a veces dejan que salgan palabras oscuras;
ahí va cruzando el hombre por bosques de símbolos
que con miradas familiares le contemplan.
Como alargados ecos que desde lejos se funden
en una unidad tenebrosa y profunda,
tan vasta como la noche y la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.
Perfumes hay con frescor de cuerpos de niños,
con suavidad de oboes y verdes prados,
pero hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,
que poseen lo desmedido de las cosas infinitas,
perfumes como el ámbar, almizcle, benjuí e incienso,
que exaltan el arrebato del alma y de los sentidos.
que a veces dejan que salgan palabras oscuras;
ahí va cruzando el hombre por bosques de símbolos
que con miradas familiares le contemplan.
Como alargados ecos que desde lejos se funden
en una unidad tenebrosa y profunda,
tan vasta como la noche y la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.
Perfumes hay con frescor de cuerpos de niños,
con suavidad de oboes y verdes prados,
pero hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,
que poseen lo desmedido de las cosas infinitas,
perfumes como el ámbar, almizcle, benjuí e incienso,
que exaltan el arrebato del alma y de los sentidos.
Charles Boudelaire,
Las Flores del Mal, Visor, Madrid, 1997.

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